Muchas veces se asocian los riesgos laborales al desempeño de tareas que impliquen el uso de fuerza física o la exposición a productos químicos o la manipulación de energía eléctrica, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, estar al frente de una clase de niños, adolescentes o adultos puede ser tan nocivo para la salud como recoger basura sin utilizar mascarillas.
Las maestras y maestros sufren en gran medida de disfonía, gastritis, enfermedades de la columna y respiratorias y la cistitis.
Gran parte de estas enfermedades pueden estar relacionadas con los lugares de trabajo, en especial con aspectos locativos. En este sentido, la falta de un buen aislamiento acústico colabora con la disfonía así como el tipo de sillas con los problemas de columna.
También se registran entre los docentes malestares muy comunes que causan además del displacer propio del sufrimiento, ausentismo. Entre estos se encuentran los dolores de espalda, angustia, dificultades para concentrarse y dificultades para dormir.
Una de las posibles causas de estas molestias puede encontrarse en factores psicológicos inherente a una tarea que va más allá de la educación, ya que todos estos factores enumerados pueden verse como parte de la sintomatología del burn out.
No son pocos los maestros que se ven desbordados por las problemáticas afectivas de los alumnos y que no siempre cuentan en los lugares de trabajo un psicólogo o al menos otro técnico en el que apoyarse. El hostigamiento escolar, la falta de límites y las problemáticas tocantes a los nuevos modelos de familia son elementos que se encuentran presente en el día a día de los maestros.
En este sentido, no son pocos los maestros y maestras que consumen psicofármacos, en especial barbitúricos.
La formación contínua, la división de tareas y las reuniones docentes donde se colectivicen problemáticas para su resolución, tal vez sean factores que protejan a los maestros de los riesgos que los atraviesan en sus trabajos.













